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De zapatillas de ballet a tenis para correr

Desde que era niña he asistido a diversas clases que me han mantenido activa. A los tres años entré a  clases de ballet y me mantuve ahí hasta los doce años, por lo que ocho años de mi infancia fueron acompañados de un leotardo y mis zapatillas. Estuve también en clases de tenis, natación, atletismo, basquetbol y jazz, en fin, puedo decir que estuve involucrada en cualquier cantidad de clases.

De todas las clases y actividades a las que acudí recuerdo que no había una más odiada que la de atletismo. ¿Cómo era posible atormentar tanto a tu cuerpo y mente dando vueltas sin parar alrededor del parque? ¿A quién se le hacía divertido forzar su respiración hasta ya no poder inhalar con facilidad? Al parecer, a todos los niños que estaban en mi clase, menos a mi, al menos hasta ese momento.

Ya a finales de preparatoria fue cuando por propia voluntad decidí inscribirme a un gimnasio y hacer un poco de ejercicio cardiovascular y fuerza. Todos los días se volvieron una rutina de ir al gimnasio por casi dos horas, lo podía hacer, tenía tiempo de sobra. Todo era así de fácil hasta que entré a la universidad a estudiar medicina. Ahí me perdí de ese sencillo camino. Traté de seguir mis rutinas pero mis horarios no me lo permitían. Entonces lo único que encontré disponible dentro de mis rebuscados horarios fue la calle para salir a correr.

Pasó un tiempo y me mudé a Monterrey para terminar mi carrera cómo médica. Por casi cinco años corrí en varios escenarios: a veces a las 5 de la mañana o a veces a las 10 de la noche, con muchísimas ganas de sacar mi estrés en 5 kilómetros o con cero energía para si quiera comenzar a calentar, con 8 temas por estudiar para la clase del día siguiente o saliendo de presentar un examen final.  Lo hacía bajo cualquier circunstancia porque correr me recordaba las maravillosas cotidianeidades a las que ya no les daba importancia; sentir e inhalar el aire fresco de la madrugada, darle los buenos días a las personas que corrían a mi lado, ver los hermosos atardeceres sobre los cerros, o ese sentimiento de satisfacción y felicidad  al terminar de correr, básicamente me recordaba la magia de estar viva. Esa hora era mi espacio, mi momento, y no importaba si tenía muchas cosas por hacer porque me lo merecía. Si algo he aprendido es que van a existir factores externos que te impidan hacer lo que quieres, pero está en ti medirlos para saber si son lo suficientemente grandes cómo para frenarte. Siempre hay tiempo para lo que quieres, si en verdad lo quieres.

Ahora llevo un año y medio viviendo en la Ciudad de México y estoy a punto de terminar mi año de servicio social. Soy mucho más organizada y ahora sí llevo un plan de entrenamiento que me hizo darme cuenta porque no mejoraba mi condición ni corría tan rápido cómo los otros que me rebasaban. He aprendido que la constancia y la disciplina son clave para poder lograr mis metas. No importa si mi propósito es correr más rápido, terminar un libro o mejorar mi alimentación. Los objetivos bien diseñados, con fechas y planes de acción específicos son la clave del éxito.

Actualmente corro de martes a domingo y los fines de semana entreno cómo Pacer en el Nike+ Run Club.  Todos los atletas que forman parte de este Club (Runners, Pacers y Coaches) son ahora los que me inspiran y motivan a seguir en el camino. Y los lunes los dedico a relajarme y estirar con una clase de yoga porque hasta el descanso es parte fundamental del entrenamiento.

Gracias a una dinámica en la página de LMYK, gané una membresía para entrenar en House of Her, una casa creada por Nike Women que cuenta con clases de entrenamiento funcional y otros apapachos para las mujeres. Mi clase favorita es los viernes a las 6:30 a.m., corremos y subimos hacia el Castillo de Chapultepec (cómo 5 kilómetros) y después hacemos 40 minutos de ejercicios de fuerza. La verdad es que me divierto más de lo que entreno porque ahí he encontrado un grupo de amigas que ha convertido los 5 kilómetros en pura plática y los ejercicios en series más divertidas.

Al final de todo este camino en el que pasé de unas zapatillas de ballet a unos tenis puedo decir que el correr no es sólo una actividad más de mi vida. Correr es una disciplina que me ha demostrado que puedo lograr lo que me proponga bajo cualquier circunstancia, que soy más fuerte de lo que pensaba y que siempre, siempre, podré dar un poco más de mi.

Los invito a seguirme en mi cuenta de Instagram donde comparto la mayor parte de éstas y otras experiencias: @lucyrosadov

 

 

 

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