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A mí no me inspiras, Beyoncé

El talento de Beyoncé es innegable. Baila como máquina y canta como las grandes del soul. Sobre todo, la saben vender. Lo que Beyoncé (lo siento, me niego a llamarla “Queen B”) ha construido es un verdadero imperio. Igual que muchas de las divas del pop, tiene perfumes, hace activismo y cuenta con una línea de ropa. La diferencia es que ella vende más que todas, pero además es muy cercana a su público, tiene una familia lindísima y encima, hace que el mundo sea mejor. Es perfecta, o por lo menos eso dice su fiel séquito de seguidores. Perdón, pero yo no me la compro.

Hace poco pudimos ver el lookbook de su línea de ropa deportiva Ivy Park. Para variar, sus piezas están bien logradas y las fotos son increíbles. Eso tampoco lo pongo en duda. Mi problema es que recientemente se filtró que Beyoncé paga 5,46 euros a las trabajadoras de su línea. Entonces, cuando me pregunta “who run the world?” me cuesta trabajo responder “girls”. Este es sólo un ejemplo de las tantas veces que Beyoncé ha sido incongruente.

Por un lado, creo necesario reconocer la labor válida que lleva a cabo Beyoncé al pronunciarse indignada por el asesinato de personas negras a manos de policías en Estados Unidos, violencia de género, falta de oportunidades, etc. Si bien pienso que Beyoncé no es fiel a lo que defiende, le reconozco que ha puesto estos temas sobre la mesa. Cabe comparar el altruismo de Beyoncé con el caso de Caitlyn Jenner: tal vez la ex atleta no fuera quién para hablar sobre la lucha trans por todos los privilegios que tiene, pero por lo menos su fama permitió exponer el asunto.

Habiendo dicho esto, Beyoncé no me convence. Habla del empoderamiento femenino, pero explota a sus trabajadoras por un salario infame. En una canción de su último álbum dice sentirse orgullosa de sus rasgos negros, de sus fosas nasales de Jackson 5 y de su afro, pero yo veo a una mujer que no se quejó cuando la blanquearon en unas fotos, que usa pelucas lacias y se operó la nariz. No le creo nada cuando les dice a las mujeres que los estándares de belleza son injustos cuando ella misma los ha impuesto (diferentes a los de la delgadez extrema de la industria de la moda, pero los ha impuesto).

Perdón, pero yo no te creo. A mí no me inspiras, Beyoncé.

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